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El rumor de las nubes

Viernes, 10 de julio de 2009

Sospecha

Altostratus (As)

Sabía que él sospechaba algo.
Lo notaba en su forma de mirarla de reojo.
En la manera en la que aguantaba la respiración
cuando ella descolgaba el teléfono
y bajaba el tono de voz para hablar.
Entonces él dejaba de leer
y giraba muy levemente la cabeza
hacía el lado en el que estaba ella
como queriendo adivinar
una cita o un tequiero dicho de carrerilla.
Entonces ella se le acercaba
con la intención de tranquilizarle
y suspiraba mientras le acariciaba el cabello.
Lo cierto es que muchas veces
había fantaseado con eso.
Ella como en un sueño
se abandonaba a los besos de otro,
dejándose hacer hasta que abrazada al placer
abría los ojos y él estaba allí
mirándola con su cara de nada,
la cara de leer el periódico.
Le hubiera gustado tener valor
para entregarse  sin miedo,
sin más intermediario que la piel y el deseo.
Entregarse a ese goce olvidado
y superficial del encuentro fugaz
e inesperado con otros.
Pero en el fondo nada le importaba su sospecha.
Una indiferencia amistosa
había calado su relación.
Sin darse cuenta
el frío se les había metido
entre las costillas
y con los años les había llegado al pecho.
Pero todo era fantasía.
Si alguna vez tuvo la ocasión
le ganó el miedo y le pudo la comodidad.
Sin embargo él estaba convencido
que ella sospechaba algo.
Lo notaba en su forma de disimular
mientras él leía la prensa.
Bastaba que se detuviera un rato
en una página para que ella
le mirase sin mirar,
como hacen las mujeres cuando sospechan,
como preguntándose…
¿estará pensando en ella?...
Luego, aprovechando cualquier inocente llamada
se le acercaba y respiraba profundamente
buscando en el aire un mar desconocido
de fragancias nuevas.
Al tiempo le acariciaba el cabello
como intentando llevarse entre los dedos
alguna caricia olvidada por otras manos.
Lo cierto es que muchas veces
había fantaseado con eso.
Él se abrazaba a otro cuerpo
haciéndose un nudo con el placer
y cuando abría los ojos,
ella estaba ahí,
mirándole sin mirar,
como miran las mujeres cuando sospechan.
Le hubiera gustado tener valor
para entregarse sin miedo,
sin más intermediario que la piel y el deseo.
Entregarse a ese goce olvidado
y superficial del encuentro fugaz
e inesperado con otros.
Pero en el fondo nada le importaba su sospecha.
Una indiferencia amistosa
había calado su relación.
Sin darse cuenta
el frío se les había metido
entre las costillas
y con los años les había llegado al pecho.
Pero todo era fantasía.
Si alguna vez tuvo la ocasión
le ganó el miedo y le pudo la comodidad.
Le hubiera gustado tener valor
para entregarse a otros sin miedo,
sin más intermediario que la piel y el deseo.
En el fondo nada le importaba su sospecha.
Una indiferencia amistosa
había calado su relación.
Sin darse cuenta
el frío se les había metido
entre las costillas
y con los años
les había llegado al pecho.
 

 


Por: Alfredo Jaso | La deriva | Comentarios (0) | Referencias (0)

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